Luces amarillas frente al proteccionismo
















En Bélgica e Irlanda esta semana hubo protestas contra el acuerdo con el Mercosur Crédito: AFP

La producción agropecuaria argentina siempre se benefició con la apertura de mercados mediante acuerdos de liberalización o adecuación de las normas sanitarias. Por competitividad, más tarde o más temprano, el ingreso a nuevos destinos impulsó un aumento de las exportaciones. Sin embargo, aun en el auge de la globalización, el comercio agrícola es el más protegido de todos los bienes que se transan en el mundo. Y eso afecta a la Argentina, como exportador neto de productos agroindustriales.

































En todo caso, si el país no puede aprovechar en mejores condiciones la diversificación de sus exportaciones es por la inestabilidad de sus políticas internas. Esta semana hubo un ejemplo de ello. La reducción de los derechos de exportación de $4 a $3 al maní, maíz pisingallo, legumbres, arándanos y miel, entre otros, fue una corrección a una medida que se adoptó en forma apresurada el año pasado tras la megadevaluación del peso que impuso el mercado. Tras esa medida, algunos de esos complejos exportadores estuvieron amenazados de quedarse afuera del mercado internacional. Se repetía una película que ya habían visto: durante el gobierno anterior tenían una retención en dólares del 5% pese a que, para el fisco, esos ingresos eran poco relevantes.

Ahora, esta reducción fue bien recibida por los sectores involucrados que esperan el cumplimiento de la promesa que en 2020 los derechos de exportación volverán a cero.

























En materia de apertura de mercados, el acuerdo entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur puede representar un avance para la agroindustria argentina si se confirman las perspectivas de mejora de acceso a un mercado de más de 500 millones de habitantes. Es razonable el optimismo y la satisfacción por haberse llegado a un acuerdo que llevaba 20 años de negociaciones. No obstante, no hay que dejar de tener en cuenta que en la UE hay sectores políticos y sociales que tienen peso suficiente como para mantener las barreras bajas al intercambio comercial. Esta suerte de coalición abarca desde los ganaderos franceses hasta algunos grupos ambientalistas, pasando por el creciente nacionalismo de derecha. Prefieren a una Europa cerrada sobre sí misma y por eso reaccionaron en forma negativa al acuerdo Mercosur-UE.

















Estas fuerzas no dudan en apelar a argumentos de todo tipo con tal de evitar la competencia. Uno de ellos es el ambiental: buscan asociar la competitividad del Mercosur con la destrucción del medio ambiente. En el acuerdo, según sostienen los especialistas, hay una ventana abierta a esa posición. Una de ella es el principio precautorio ambiental por el cual se pueden tomar medidas de protección aun cuando no haya evidencias científicas concluyentes para esa decisión. «Esta parte del acuerdo abre la puerta a que ante cuestionamientos ambientales nuestros productos puedan ser bloqueados. Y esos cuestionamientos ya están sobre la mesa. El riesgo de tener aquí barreras para-arancelarias es altísimo, puede llegar a desnaturalizar el acuerdo», destaca el consultor y docente en comercio internacional Andrés Domínguez. «Hay que estar muy atentos desde lo político, pero también desde lo productivo: estos estándares de calidad serán cada vez más exigidos en todo el mundo. Debemos comenzar ya mismo adaptarnos», opina.

Por supuesto también puede ser una oportunidad para mejorar los estándares de calidad. No se empieza de cero. Ya hay experiencias como las de Agricultura Certificada de Aapresid o las normas de la Mesa de la Soja Sustentable (RTRS, en sus siglas en inglés) que pueden dar cuenta del respeto al medio ambiente en la región. Además, las nuevas tecnologías que permiten la trazabilidad, como el blockchain (ver página 6), contribuyen a que cualquier intento de distorsión al comercio pierda sus bases. No obstante, habrá que estar atento.

Otro punto que podría complicar la efectividad del acuerdo Mercosur-UE es el mantenimiento de las salvaguardias, aun en productos que formen parte de la cuota de exportación. Si el gobierno de un país europeo es débil a las presiones internas puede llegar a aplicar un arancel extra si considera que su mercado es afectado por las importaciones.









En su afán por recuperar el espacio internacional perdido por la administración anterior, el Gobierno suele mostrar la cara más amable frente a países y bloques que no han cambiado en sus políticas proteccionistas. Quizás no debería olvidar la tradición de ciertos espacios como el Grupo Cairns, países que reclamaban la liberalización del comercio agrícola, o de levantar la voz contra el proteccionismo.







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