Los inquietantes diálogos de Robledo Puch con Osvaldo Raffo – 22/03/2019


-Estamos pisando terreno jurídico, doctor.

La conversación volvía a merodear aquello que tanto obsesionaba a ambos. La muerte violenta estaba ahí, buscando ser explicada, sobrevolando el guanteo entre el que la quería diseccionar y el que la intentaba silenciar. Cada vez que llegaban hasta ella, el interrogado abandonaba lo que su interlocutor definiría como la “continuidad alerta y tranquila” de su relato.

-Estamos pisando terreno jurídico, doctor.

Allí, en aquella sala de los Tribunales de San Isidro, se encontrarían una decena de veces. De un lado, el forense más importante de la historia argentina, Osvaldo Raffo. Del otro, el asesino más prolífico que se haya probado jamás, Carlos Eduardo Robledo Puch.

Al médico le habían dado la misión de determinar si el acusado era imputable, algo que estaba en discusión desde el mismo momento en el que la cuenta de homicidios había llegado a 12. Al “Ángel de la Muerte”, en tanto, sólo le importaba impresionarlo como “un hombre culto, bien hablado y superior” al resto de la humanidad.

Algo de eso lograría.

El resultado de aquellos encuentros fue un informe que sobrevivirá por siempre a su autor, muerto esta semana por decisión propia en su casa de Villa Ballester. Lo escribió en 1980, poco antes del juicio contra Robledo Puch, y es el retrato más íntimo que se haya hecho de ambos. Contiene, además, un mensaje perpetuo.

Raffo tenía 50 años, era docente de Medicina Legal en la UBA y en la Escuela de Policía de la Bonaerense. Aún no era un mito, pero estaba en camino. Robledo Puch tenía 27 y llevaba ocho en prisión. Aún no estaba sentenciado, pero todavía nadie sabía explicarlo.

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“Saluda correctamente y se esfuerza por parecer cortés y educado”, describiría Raffo su contacto inicial. “La mímica es exagerada, amanerada. Sonríe por motivos fútiles prolongadamente y con cierta tendencia a la estereotipia motriz. Esta sonrisa da a su rostro cierta impresión de cinismo. La misma afectación de maneras se nota en el lenguaje, en las inflexiones de la voz, en los giros idiomáticos y en ciertas expresiones muy particulares suyas”, escribiría el perito.

-No vengo a empaquetarlo, doctor. Vengo a decir la verdad, insistía Robledo, tratando de manipular a quien trataba de manipularlo para que se desnudara del todo.

Robledo hablaría mucho. Hasta de su familia, a la que describía con cierta nostalgia.

-Mi padre es callado, pero comparte todo con la familia. Nunca se me ocurrió preguntarle cuánto ganaba, pero ganaba bien, no nos faltaba nada. En todos los lugares en que ha trabajado lo quieren, aseguraba, ante la mirada inquisitiva de Raffo. -Si no me cree, pregunte en la General Motors. No tiene vicios: fuma pero no bebe, no le gusta el juego ni la noche… Su madre parecía algo aún más lejano.

La prensa y sus titulares sobre el caso de Carlos Robledo Puch.

La prensa y sus titulares sobre el caso de Carlos Robledo Puch.

-Es buena y comprensiva, con ella me llevaba bien. Me cuidaba pero no me sobreprotegía… No quiero que venga al juicio oral porque es hipersensible, quiero que esté mi padre porque él es carne de mi carne y tiene que estar. Tiene que estar.

Hijo único, Robledo Puch nunca había pasado sobresaltos económicos. “No tuvo apremios económicos de importancia, reveses de fortuna, abandono del hogar, falta de trabajo, desgracias personales, enfermedades, conflictos afectivos, hacinamiento ni promiscuidad”, señalaría el perito, como para dejar en claro que nada ajeno a su voluntad lo había empujado al delito.

A Raffo le contaría que había dormido en la cama de sus padres hasta cumplir los tres años, que siempre lo habían tratado bien y que no tenía reproches hacia ellos.

-¿Qué episodio de su infancia recuerda más nítidamente?

-Fue cuando andando en bicicleta casi me mata un tranvía. ¿Usted sabe lo que se siente cuando el tranvía le frena a medio metro?

Sus conflictos en casa habían empezado en su adolescencia. A los 15 años había dejado el hogar –“en busca de la libertad”, aclararía a Raffo- para irse a vivir con un amigo.

-Yo me llevaba bien con mis padres, pero no había comunicación porque yo me ausentaba mucho. A los 18 años les pedí que me dejaran hacer mi vida. Y me impuse.

La fotografia corresponde a la reconstruccion de uno de sus crimenes realizada el 11 de febrero de 1972.

La fotografia corresponde a la reconstruccion de uno de sus crimenes realizada el 11 de febrero de 1972.

Para aquella época, 1970, fue cuando empezó a cometer sus robos más importantes. Fue, también, cuando empezó a matar.

-La primera vez que mi padre se enteró de que había robado me habló mucho, se enojó, pero no me levantó la mano. Yo le hice caso por un tiempo.

Aquel año, Robledo vivió en hoteles de Constitución y anduvo por el interior de la Provincia, siempre acompañado por algún cómplice.

-Soy un tipo aislado y de pocos amigos, me juntaba si tenían motos… Pero tuve amigos… bueno, en realidad, no, amigos- amigos, no. Tuve compinches, recordó.

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Se refería, quizás, a los dos cómplices a los que terminaría asesinando, Jorge Ibáñez y Héctor Somoza.

A los 18 años empezó a considerarse “adulto”, a irse de su casa “para conocer”.

-Soy aventurero. Me mantenía porque trabajaba y robaba, le confesó a Raffo. -Yo entiendo mucho de motos, no necesito preguntarle a nadie, yo las preparaba y las mandaba a la rectificadora, explicó su trabajo. -Yo robaba para comprar los repuestos, ropa y lo que quería. Ya en el colegio me entretenía en sacarle cosas a mis compañeros…

A los 17 años había caído preso por primera vez, justamente por robar una moto, y lo habían alojado en el Instituto Bonanza (de La Plata). Pero había salido al cumplir los 18.

-Yo era chico y no era responsable. Pero yo tenía que comprarme cosas. No era por necesidad, pero tenía que esperar para pedirle a mis padres y yo no podía esperar… yo robaba por travesura, por diversión.

-¿Qué hizo con lo que robaba?

-Lo regalé, lo vendí, lo usé. Hice de todo, no recuerdo.

CARLOS ROBLEDO PUCH en otra reconstrucción, en 1972

CARLOS ROBLEDO PUCH en otra reconstrucción, en 1972

“A veces responde rápidamente, en forma casi explosiva y otras, en cambio, demora la respuesta como si la meditara, dando la sensación de que intenta confundir o sugerir algo al observador”, anotaría Raffo, antes de volver a preguntarle si reconocía haber matado.

Ya entramos en terreno jurídico y eso no corresponde a la pericia médica, lo frenó otra vez Robledo.

“Al abordar este tema, se torna agresivo”, escribiría Raffo.

-Mi causa es grave, muy grave. Se me imputan doce homicidios y treinta y cuatro hechos delictivos. Me hice cargo de los robos, yo de los homicidios no voy a hablar.

Al menos de forma oficial, Robledo nunca abandonaría su versión: que él robaba pero que quienes mataban eran sus cómplices, ya imposibilitados de forma permanente de desmentirlo. “Cuando cree que las incidencias del interrogatorio no lo favorecen, adopta rápidamente una actitud de aparente amabilidad, complacencia y simpatía. La voluntad es firme y decidida, tiene amplio dominio sobre sí mismo”, señalaría el perito frente a sus reacciones.

-Disculpemé, doctor, no vengo a fingir, y por eso me exaspero. Vine a decir la verdad.

CARLOS ROBLEDO PUCH en el juicio, en 1980

CARLOS ROBLEDO PUCH en el juicio, en 1980

“Robledo Puch no despierta en el interlocutor ni odio ni afecto. Parece un sujeto que vive como un extraño dentro de la sociedad, como si perteneciera a otro mundo”, lo definiría Raffo, quizás en la más personal de sus apreciaciones. “En él cae bien aplicar la frase atribuida a (Kurt) Schneider, que utiliza para describir a los sujetos de personalidad esquizoide: ‘Hay como un cristal entre los demás hombres y yo’.

El diagnóstico de Raffo sería clave para que Robledo Puch fuera considerado “imputable” y pudieran juzgarlo y condenarlo a la pena que aún cumple, la reclusión perpetua.

“No se cree loco, ni cree haberlo estado nunca. Discurre perfectamente entre lo bueno y lo malo, y entre lo lícito y lo ilícito. Nuestro hombre presenta estigmas del temperamento paranoide y perverso. Es desconfiado, egocentrista, orgulloso e inadaptado”, lo pintaría. Es un “perverso instintivo”, agregaría. “Ha cometido multiplicidad de delitos graves, muchos de ellos en condiciones de excepcional sufrimiento para las víctimas, y no ha mostrado arrepentimiento alguno”, informaría. “Un psicópata es, simplemente, un hombre así. Hace sufrir a los demás y personalmente no padece absolutamente nada. Él se mimetiza, no se adapta”, sentenciaría.

“No ha colaborado para explicar los homicidios que se le imputan. Nunca ha dicho que los homicidios no han ocurrido, que no son ciertos, o que los rechaza por considerarlos extraños a su personalidad. Él se limita a bloquear toda pregunta utilizando siempre la misma frase”.

-Estamos pisando terreno jurídico, doctor.

CARLOS ROBLEDO PUCH en otra toma del juicio de 1980

CARLOS ROBLEDO PUCH en otra toma del juicio de 1980

Terminado el último de sus encuentros, ya fuera de registro, antes de retirarse Raffo le preguntó a Robledo Puch si podía revelarle la verdad sobre los homicidios.

-Fueron 30, doctor, le confesó el asesino, según recuerda hoy uno de los amigos más cercanos que tuvo Raffo, el también perito Raúl Torre.

Ante la Justicia Robledo mantuvo su palabra: nunca dijo nada de eso. Sólo le probaron once asesinatos y un intento. Alcanzaron para retenerlo en prisión hasta esta semana, cuando el forense que tan bien lo retrató cerró su vida.



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