La increíble historia del detective que inspiró al FBI y que murió de manera insólita al morderse la lengua








































Una caminata por el bosque en busca de madera para fabricar barriles cambió para siempre la vida de Allan Pinkerton: se topó allí con una banda de temibles forajidos, ayudó a encarcelarlos, fue nombrado detective y se convirtió en “el ojo de América”, pero cuando tenía todo para empezar a disfrutar de los placeres que da el éxito, tropezó en la calle, se mordió la lengua y murió a causa de una infección.

Pinkerton había nacido el 25 de agosto de 1819, en Glasgow, al sur de

Escocia

. Hijo de Isabel y William, desde muy chico mostró una gran sed de aventura, que lo hacía meterse en líos y darle dolores de cabeza a su madre. Era brillante y enérgico, según cuentan las crónicas, pero solía evitar sus tareas escolares para vagar por días cazando en los bosques al norte de su ciudad natal o pescando en el río Clyde.















Su vida cambió abruptamente a los 16 años, cuando su padre, que trabajaba como policía, fue asesinado en medio de un disturbio en la plaza de la ciudad: ese hecho lo obligó a dejar definitivamente la escuela y empezar a trabajar en lo que encontrara.

Además de trabajar, Allan dedicaba su tiempo al cartismo, un movimiento que luchaba por los derechos civiles y expresaba la agitación obrera que había generado la Revolución Industrial. Pero el movimiento no prosperó, porque el gobierno británico lo reprimió brutalmente. Entonces, él decidió emigrar a los Estados Unidos. Era 1842 y él tenía solo 23 años cuando desembarcó en Detroit, Michigan, sin un dólar partido por la mitad.

Pronto se mudó a

Chicago

y empezó a trabajar como fabricante de barriles, oficio en el que llegó a ser uno de los mejores. Pero un día, como se dijo, caminaba por el bosque en busca de madera para sus barriles y se topó con una banda de forajidos muy buscados por las autoridades desde hacía años, los denunció ante el sheriff y estos fueron encarcelados. Gracias a eso, lo tomaron como policía y pronto lo nombraron sheriff.









Se transformó en uno de los más respetados agentes del orden, sobre todo, por su capacidad de investigación. Antes de que terminara el año 1848, acumularía el mayor número de arrestos por robos y asesinatos que cualquiera de los otros policías con más experiencia en la lista de escuadrones de su ciudad.








Así que, gracias a su buena actuación, en 1849 fue designado como el primer detective de Chicago. En este trabajo volvió a tener un gran éxito, por su integridad y su extraña habilidad para leer a la gente con solo mirarla a la cara. Era increíblemente rápido mentalmente, pero su principal cualidad era la valentía. No temía a nada y a nadie.




Pinkerton en segundo plano, durante un descanso
Pinkerton en segundo plano, durante un descanso

Pronto, sus servicios fueron requeridos por las compañías ferroviarias que empezaban a florecer en el medio oeste, entre las que se destacaba la de Rock Island y el Ferrocarril Central de Illinois. Como había investigado con éxito muchos robos en los trenes de esta empresa, ganó la confianza y estima de su presidente, George Mc Clellan, y de su abogado: un tal
Abraham Lincoln. No era raro verlos a los tres comiendo juntos en algún restaurante de “Windy City”, como se conoce a Chicago.

Un día, Allan se dio cuenta de que ya tenía suficientes contactos como para empezar a trabajar por su cuenta, abrir su propia agencia y ganar más dinero. Así que renunció a la ciudad, colgó una teja sobre la puerta en 151 Fifth Avenue, en el corazón del distrito del mercado de Chicago, y anunció sus servicios en periódicos de todo el país.

Nació así, en la década de 1850, la Agencia Nacional de Detectives de Pinkerton, que tenía como insignia un ojo abierto de par en par con el lema: “Nunca dormimos”. Allan empezó a ser conocido en todo el país como “El ojo de América” y desarrolló varias técnicas de investigación que se usan en la actualidad, como el rastreo de sospechosos o la creación de personajes para misiones de espionaje.

Enseguida se corrió la voz de que su agencia prometía no solo resultados, sino también una ética sólida. El biógrafo de Pinkerton, Sigmund A. Lavine, escribió: “En un día en que muchos agentes del orden público se asociaron abiertamente con delincuentes y compartieron sus ganancias ilegales, (el código de Pinkerton) reflejó la honestidad y la integridad del hombre”.




Pinkerton en un alto, durante la Guerra de Secesión
Pinkerton en un alto, durante la Guerra de Secesión

Cuando estalló la
Guerra de Secesión, sirvió como jefe del Servicio de Inteligencia de la Unión y frustró una presunta conspiración de asesinato contra el ya presidente Abraham Lincoln, en Baltimore, Maryland. Fue nombrado héroe nacional, pero extrañamente Lincoln decidió reemplazarlo, algo que paradójicamente engrandeció aún más a Pinkerton, porque cuando poco después
Lincoln fue asesinado todo el país dijo que eso no habría pasado si Allan hubiera estado en servicio ese fatídico 15 de abril de 1865.

Su fama explotó aun más y sus contrataciones se multiplicaron. En las décadas siguientes expandió sus servicios al mundo empresarial y su agencia se convirtió en el ícono de la investigación. Una innovación suya, la foto policial, se difundió pronto entre la policía y otras organizaciones de detectives. Pinkerton estaba en la cima de su carrera, ya que tenía éxito, prestigio y millones de dólares. Considerado el pionero de la investigación en su país, estaba tocando el Cielo con las manos. Pero. siempre hay un “pincelazo” que lo arruina todo.

El lunes 16 de junio de 1884, Allan iba caminando por una calle de Chicago, ensimismado y pensando en su nueva creación: una gran base de datos que centralizaría la información de todos los criminales conocidos. De pronto, se resbaló, cayó sobre el pavimento y tuvo tanta mala suerte que se mordió la lengua en el golpe y se hizo un corte considerable.

Testarudo como era, no le dio importancia a la herida, esta se le engangrenó y eso terminó por matarlo el 1 de julio de 1884, un mes y medio antes de cumplir 65 años. Así terminó el hombre cuya base de datos y algunas de sus técnicas fueron utilizadas posteriormente por la mayor agencia de investigación de los Estados Unidos, conocida mundialmente por solo tres letras:
FBI.


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