La curiosa historia del mural de Diego Rivera que enojó a los Rockefeller y terminó hecho polvo










































Iba a ser la mayor obra que el más grande de los muralistas hubiera plasmado hasta el momento, y estaría enclavada en lo que pronto se consideraría el centro del capitalismo mundial:
El hombre en su encrucijada, tal el nombre de la pintura, tenía destino de éxito. Hasta que a su autor, el mexicano
Diego Rivera, se le ocurrió agregar unas imágenes de último momento que lo echarían todo a perder.

Rivera había nacido el 8 de diciembre de 1886, en Guanajuato, una ciudad ubicada en el centro norte de

México

y perteneciente al estado del mismo nombre. Era hijo de Diego Rivera Acosta y María del Pilar Barriento, y tenía un hermano gemelo, que murió al año y medio (él, pese a padecer raquitismo y ser muy débil, se mantuvo con vida).















En contra de los deseos de su padre, que prefería que ingresara en el Colegio Militar, a partir de 1896 comenzó a tomar clases de pintura en la Academia de San Carlos de la capital mexicana. Como consigna Alicia de Arteaga, periodista especializada en arte, que colabora con LA NACION, estudió luego por espacio de quince años (1907-1921) en varios países de Europa (en especial, España, Francia e Italia), donde se interesó por el arte de vanguardia y abandonó el academicismo.


En 1921, cuando regresó a México, tenía 34 años y ya era un gran pintor, pero tenía frente a sí el mayor reto de cualquier artista: encontrar un estilo propio. Y lo logró: se convirtió en el pionero del
muralismo mexicano, uno de los más grandes movimientos pictóricos del siglo XX. En enero de 1922 pintó su primer mural, titulado La creación, y a partir de ahí no lo paró nada. “Rivera fue, sobre todas las cosas un muralista. Embelleció México con sus murales y se convirtió en el mejor del mundo”, comenta De Arteaga.








En medio de su gran producción muralista, Diego conoció a una tal Frida Kahlo, que se convertiría en su tercera esposa, en 1929, y que emprendería con él una de las grandes aventuras de su vida: viajar a

Estados Unidos

, invitado para pintar diversas obras en

San Francisco

y Detroit.




Diego Rivera y Frida Kahlo
Diego Rivera y Frida Kahlo





Pero su gran oportunidad en los Estados Unidos le llegó en 1933, cuando Nelson Rockefeller, hijo del magnate John Rockefeller Jr., le hizo un encargo especial: un mural en el vestíbulo de entrada del edificio RCA, en la ciudad de Nueva York. Era el edificio principal de un conjunto de construcciones que habría de conocerse con el nombre de Rockefeller Center y que sería el centro del capitalismo mundial.

La idea había sido de Abby Aldrich Rockefeller, esposa de John Rockefeller Jr., cofundadora del MoMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York) y gran admiradora de Rivera. En la página web de la casa de subastas Christie´s, aparece un artículo que describe la curiosa historia de los Rockefeller, Rivera y el mural, y en el que se cuenta que el pintor visitó la casa de los millonarios apenas llegado a Nueva York.








“Rivera trajo consigo un nuevo lienzo, titulado
The Rivals, que Abby había encargado y que había pintado en un improvisado estudio a bordo del barco de vapor, el SS Morro Castle, en ruta desde México”, señala en el sitio mencionado Virgilio Garza, jefe de pinturas latinoamericanas en Nueva York.




Diego Rivera en pleno trabajo
Diego Rivera en pleno trabajo

Todo estaba saliendo a la perfección: la idea de Rivera fue un fresco sobre los temas de la cooperación humana y el desarrollo científico. Tal como surge del artículo incluido en el sitio web de Christie´s, Rivera le envió a Abby un bosquejo del trabajo junto con una carta que decía: “Le aseguro que intentaré hacer por el Centro Rockefeller, y especialmente por usted, madame, el mejor de todos los trabajos que he hecho hasta ahora”.

El contrato estipulaba que el muralista cobraría US$21.500 por una obra que se había comprometido a hacer en tres meses y que lo posicionaría en la cúspide del mundo empresarial. Lo tenía casi terminado y todos estaban encantados con lo que veían y él estaba tocando el Cielo con la paleta de colores. Pero… siempre hay un “pincelazo”, que lo arruina todo.

Pocos días antes de la inauguración, Nelson Rockefeller fue a ver la obra y lo que vio lo dejó mudo. A último momento, Rivera agregó a su pintura los rostros de Vladimir Lenin, Leon Trotski y Karl Marx, junto con otros símbolos comunistas. Rockefeller le pidió a Rivera que sustituyera al último líder soviético por otra figura, pero el artista se negó rotundamente.




Parte del polémico mural (hoy reconstruido en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México)
Parte del polémico mural (hoy reconstruido en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México)

Según destaca Garza, Igualmente molesto para la familia Rockefeller fue la representación de John D. Rockefeller Jr. en el lado izquierdo del mural, bebiendo entre un grupo de hombres y compartiendo con mujeres de reputación cuestionable. “Esta última fue una imagen sorprendente dadas las opiniones religiosas devotas de la familia y su abstinencia de beber y fumar, así como el firme apoyo de los Rockefeller a las leyes de la época de la Prohibición”, explica el especialista.

Sin posibilidad alguna de llegar a un acuerdo alcanzado, Rivera fue despedido, y aunque se le pagó por completo, el mural fue destruido. Se terminó así la historia neoyorkina del mural
El hombre en la encrucijada y Diego Rivera se perdió la oportunidad de quedar inmortalizado en el ombligo del mundo y de que un mecenas tan poderoso lo tuviera como favorito.

En 2002, David, el otro hijo de John Rockefeller Jr, escribió en sus Memorias: “El mural fue ejecutado de forma bastante brillante, pero no fue apropiado”. Es que, pese a aquel desafortunado episodio, Abby y sus hijos se mantuvieron admiradores de Rivera hasta el final. “Ella donaría muchas de las obras de Rivera que poseía al MoMA, aunque
The Rivals fue una pieza que conservó para sí, y fue el regalo de bodas que le hizo en 1940 a su hijo David y su esposa, Peggy McGrath”, destaca Garza.

El famoso mural, en tanto, no “moriría” del todo. Gracias a unas fotografías tomadas por un ayudante antes de su destrucción, Rivera pudo reconstruirlo en las paredes del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, donde puede apreciarse en la actualidad bajo el nuevo título que le asignó el genial pintor:
El hombre controlador del universo. En él, una vez más, Rivera representó a John D. Rockefeller Jr. con un Martini en la mano, en medio de escenas de juego y excesos, mientras que del otro lado plasmó a trabajadores y varios líderes comunistas.


* Si querés ver la columna en vivo, sintonizá los viernes a las 23 Lo que el día se llevó (martes a viernes), por LN+: 715 y 1715 de DirecTV, Cablevisión 19 Digital y analógico/ 618 HD y Flow, Telecentro 705 Digital, TDA 25.3, Telered 18 digital y servicio básico y Antina 6 digital.
















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