El rol de los masones en la declaración de la Independencia


Con cada conmemoración del 9 de julio, los argentinos sentimos un hondo llamado a la reflexión. Es una fecha que nos convoca y nos interpela a todos.

Lo mismo ocurre con los masones y con las masonas de Argentina, que sentimos la necesidad, el compromiso y la urgencia de mantener vivo el espíritu de 1816, que es también el de 1810 y que es, en pocas palabras, el de la Masonería: el de una sociedad cada vez vas justa, más libre, más educada, más autónoma. Más independiente.

Porque no es pensable la independencia (individual, colectiva o nacional) sin el largo y fatigoso esfuerzo por la libertad de pensar y de expresarse.

Nuestra independencia es el fruto de una larga tradición de debates y batallas, intelectuales y militares, en defensa del librepensamiento y de la dignidad de los pueblos.

Es bien conocida la pertenencia a la Orden de un gran número de los principales actores de la Independencia.

CLAVERO: “La masonería no es secreta; es discreta”

Bartolomé Mitre escribe, en su Historia de San Martín:

Las sociedades secretas con tendencias políticas, se comprenden y tienen su razón de ser en un pueblo esclavizado: son el único medio con que cuentan los oprimidos para reunirse, organizarse y propagar sus ideas y trabajar con seguridad”.

Es igualmente sabido que, seis años antes de la Independencia, en 1810, durante la gloriosa Revolución de Mayo, comenzó a ver la luz el espíritu libertario que culminaría con la emancipación definitiva de nuestro país del yugo colonial.

El movimiento de Mayo fue impulsado por un gran número de intelectuales, hombres de letras y militares masones.

Pero, mucho más importante que eso, es que la Masonería representaba y propagaba al espíritu libertario y progresista que se expandía por todo el mundo civilizado.

Como nunca antes, en pocas décadas fueron barridos milenios de sometimiento.

Pero si bien la Revolución de Mayo hizo temblar en estas tierras los cimientos del pensamiento monárquico, colonial y clerical, no es menos cierto que las resistencias fueron muchas.

En 1814, el rey Fernando VII tuvo la pretensión de recuperar los antiguos territorios coloniales, desafiando y desconociendo a los gobiernos (en su mayoría integrados por masones e inspirados por los ideales ilustrados) que habían surgido en toda América hispana.

Conocemos el rol de José de San Martín, aquel Hermano a quien los masones no dejamos de recordar, y cuyo sacrificio y decisión tomamos como ejemplo, al llamarlo – con un respeto casi íntimo- el Gran Iniciado.

Podemos ver en San Martín el reflejo de los valores y del empuje que las nuevas ideas de libertad, de igualdad y de fraternidad dieron a miles para combatir con fuerza, empeño y coraje, el sometimiento al poder monárquico y para resistir a la opresión clerical.

Llegaba a su fin, para siempre, el despotismo de la monarquía que pretendía derivar su autoridad de un poder divino.

Hace tres años, al cumplirse el Bicentenario de la Independencia, la Masonería argentina se congregó en la histórica casa de Tucumán.

Para nosotros fue un momento obligado de nuestro compromiso con quienes nos precedieron, pero sobre todo una reflexión profunda acerca de nuestras obligaciones con el presente.

La de 1816 fue por cierto una gesta militar. Pero mucho más que eso, lo fue del pensamiento y de la común emoción por la dignidad de todos los hombres y las mujeres que habitan nuestro suelo.

El Congreso de Tucumán comenzó a sesionar el 24 de marzo de 1816.

En una ya famosa carta de San Martín, se deja entrever la firmeza de la decisión:

«¿Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? Es ridículo acuñar moneda, tener el pabellón y escarapela nacional y, por último, hacer la guerra al Soberano de quien se dice dependemos, y permanecer a pupilo de los enemigos».

La expresión usada por nuestro Hermano San Martín encierra mucho del pensamiento masónico, que se remonta a los principios fundamentales de la Ilustración.

Todo estaba allí en ciernes: la autonomía, el cultivo del saber, la ciudadanía plena, con sus derechos y sus responsabilidades, y la igualdad ante la ley, que no debía inspirarse en otra cosa que la razón y la ética.

Ningún hombre, enseñará la Masonería, volverá a someterse a poderes fácticos que invocan una fuente de legitimidad distinta de la del bien común, resultado del consenso común.

El 9 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán, presidido por el masón Juan Francisco Narciso de Laprida, declaró la Independencia.

La participación de la Masonería es bien conocida durante todo este proceso emancipatorio.

Fue otro masón, Juan José Paso, el encargado de someter a votación la decisión de convertirnos en una nación libre e independiente.

Triunfaba el espíritu masónico, triunfaba el espíritu revolucionario de Mayo, triunfaba el espíritu de la Ilustración.

Los Argentinos y los Masones tenemos hoy mucho para celebrar.

Y los masones celebramos trabajando: manteniendo vivo el compromiso de que nuestras logias alberguen a hombres y a mujeres que compartan el anhelo de ser mejores ciudadanos, más responsables, más cultos, más comprometidos. Más independientes.

La Masonería es una escuela de librepensamiento que ha cumplido trescientos años de historia.

Podemos decir, sin exageración, que la Independencia Argentina es uno de sus hitos felices y una muestra de lo benéficas que pueden llegar a ser sus ideas cuando se ponen en acción.

En este mundo convulsionado por fanatismos de todo tipo, por antagonismos étnicos y religiosos, y por gigantescas disparidades, la Masonería asume la responsabilidad de aportar su experiencia firme y decidida en pos de la utopía de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Puede ser que esta trilogía sea una utopía. Pero es también un horizonte, que nos hace marchar, hoy como en 1816, hacia un futuro mejor.

En Unión y Libertad.

¡Feliz día de la Independencia!



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