El futuro del dólar: qué discuten el FMI y el Gobierno por estas horas


El ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, junto a la titular del FMI, Christine Lagarde.


El ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, junto a la titular del FMI, Christine Lagarde.


No hay duda: lo urgente está hoy por delante de lo importante. El Gobierno sigue pensando exclusivamente en los mercados. La mirada de buena parte del círculo rojo de la economía (algo desteñido en los últimos meses) se ha quedado anegada en la pregunta sobre cómo hacer para estabilizar el mercado cambiario, es decir, como frenar la escalada del dólar y evitar así que se espiralice la inflación. Esto es lo urgente. Hay otros debates, por supuesto, que hacen referencia a lo que viene después, es decir, cuál es el escenario que deja la devaluación.

En la síntesis, a una parte de analistas les concierne la forma en la cual el Gobierno puede capitalizar la devaluación y recomiendan establecer acuerdos de precios, una forma de acortar las demandas vinculadas a la pérdida del salario real; a otros, menos promocionados en los medios de comunicación, les preocupa, además, los efectos que la devaluación puede tener en el poder adquisitivo de las familias, porque dan por descontado que los precios van a subir. A favor de estos últimos, ya hay relevamientos que arrojan una inflación promedio del 6% para las primeras dos semanas de septiembre. Paradójicamente, el Gobierno piensa que la recesión económica lo ayudará a apagar el ‘incendio’ del dólar.

Pero lo urgente llama. Y lo urgente hace referencia al dólar. Los últimos días dejaron un saldo dudoso. El Gobierno viene de poner sobre la mesa un herramental compuesto por un promocionado ajuste fiscal, una suba de tasas y encajes y un programa con el FMI que debería haber servido para insuflarle algo de confianza a un mercado escéptico y, por ende, bajar el riesgo país y recortarle presión al dólar.

Fue masivo el rechazo a la dolarización. Propios y extraños mostraron su desacuerdo y, exceptuando algunos economistas de corriente ultra-liberal, el resto se pronunció a favor de conservar la bandera de la política monetaria. Sin embargo, en las últimas horas, comenzó a tomar volumen político una definición que dio el titular del Banco Central, Luis Caputo, la última semana, en el IAEF, cuando se le preguntó por la vocación del Gobierno de tratar de controlar la debilidad creciente del peso argentino.

“Hemos llevado nuestro programa monetario y cambiario al FMI y lo estamos debatiendo con ellos, y creo que vamos a ir a una estructura que va a ser muy simple para los argentinos y que va a servir para anclar las expectativas, esa ancla que hemos perdido en todos estos últimos meses”, dijo Caputo.

¿Anclar expectativas? Se piensa en el “crawling peg”, esto es, una devaluación progresiva y controlada de la moneda por el Banco Central. La idea es que la devaluación está predeterminada y la tasa de cambio es conocida con anterioridad. En rigor, consiste en una serie de devaluaciones progresivas que tratan de ubicarse por encima de la inflación, pero siempre evitando dar saltos bruscos en el valor de la divisa. Bajo este esquema, el tipo de cambio se va moviendo de acuerdo a una pauta que fije la entidad monetaria.

En el FMI sostienen que el crawling peg puede ser establecido de manera prospectiva (con un ajuste atado a un tipo fijo preanunciado y/o de la inflacioìn proyectada). Como se dijo, de esta forma se permite una progresiva devaluacioìn de la divisa con un efecto menos traumaìtico en la economiìa. Ademaìs, esta teìcnica ayuda a prevenir, o al menos a amortiguar, la especulacioìn sobre la divisa.
A la vez, sostienen, esto podría recuperar algo del flujo de entrada de dólares de no residentes y de esa forma compensar en parte la salida de dólares. Comenzar usando el dólar como ancla nominal y migrar a un sistema de crawling peg para darle más certidumbre a los mercados.

La última vez que se utilizó este mecanismo en Argentina fue bajo la gestión económica del ex ministro Axel Kicillof. En aquel momento, el gobierno kirchnerista buscaba compensar la pérdida de competitividad de los últimos años, en donde la inflación le había ganado por lejos a la suba del dólar. Si bien en ese entonces este mecanismo no funcionó del todo porque el atraso del tipo de cambio era importante, las hipótesis que manejan los equipos económicos del actual Gobierno es que ahora sería distinto porque la devaluación efectuada durante este año cambió esa base de comparación. El tipo de cambio real se encuentra en niveles de 2008-2013.

En rigor, según sostienen en el mercado, el nivel del dólar parece suficiente para equilibrar los flujos externos y para que las reservas alcancen como back up para la base monetaria. La idea es que con sólo mantener la devaluación en línea con la inflación, podría estabilizarse el mercado cambiario sin perder competitividad y dando señales claras para la fijación de precios.

Por supuesto existen varios talones de Aquiles, pero quizás el principal es cómo hacer para que los exportadores no retengan su liquidación bajo la expectativa de que, cuanto mayor es la demora, mayor cantidad de pesos van a obtener por esos dólares que van a vender. El resto de las variables, piensan en el Palacio de Hacienda, deberían ir cediendo: tasa de interés, déficit fiscal, gasto público e inflación.

Por último, y como el éxito de este sistema dependerá en buena medida, dicen, de la contención de las presiones en materia salarial y de precios, en el Gobierno estudian algún mecanismo para evitar la aceleración de la inflación. Cerca del presidente Macri sostienen que es necesario llevar a cabo un acuerdo o esquema entre el Gobierno, empresarios y sindicatos para frenar la indexación de la economía ante la escalada del dólar.




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