El Buena Vista Social Club finalmente dijo adiós en el Luna Park












La banda cubana se despidió Crédito: Diego Spivacow / AFV



Elíades Ochoa está con la guitarra en alto. Omara Portuondo vestida de un rosa estridente, y con un pañuelo en la cabeza saluda desde una esquina del escenario. Barbarito Torres agita el brazo en señal de adiós. Es la última postal del Buena Vista Social Club. Son las últimas glorias del proyecto que se transformó en la banda de sonido del final del siglo XX y que hizo bailar al planeta con “Chan chan” y “El cuarto de Tula”. Es el cierre de un capítulo grande de la música popular cubana. De aquella selección de figuras, que iluminó aquel disco grabado en La Habana en 1996, solo quedaron estos tres artistas, que terminan siendo el sostén simbólico y artístico del espectáculo.





Hoy la Orquesta del Buena Vista Social Club se completa con figuras jóvenes de un nivel que envidiaría cualquier grupo de la Isla y una base de veteranos en las tumbadoras, bongo y timbales que aportan ese inigualable tumbao, que sostiene el swing del conjunto. Pero igualmente es con la diva Omara Portuondo, gracias a sus cortas pero inspiradas participaciones y la voz del guajiro Elíades Ochoa, que alcanza para alimentar la mística de esta versión del Buena Vista Social Club diezmada por el paso del tiempo. El público reconoce también el genio de Barbarito Torres en su laúd, además de ser el único de los tres que se queda todo el show tocando con la orquesta.




La banda cubana se despidió en el Luna Park
La banda cubana se despidió en el Luna Park Crédito: Diego Spivacow / AFV

La apariencia tosca de Elíades Ochoa contrasta con su naturalidad y sencillez para comunicarse con la gente. “Hola familia”, dice y enseguida empatiza con el público. La poderosa energía sonera que emana de su guitarra y la fluidez que tiene esa voz campesina que parece bailar sobre la melodía del son montuno de “El carretero”, hacen el resto. Elíades es el vocero del Buena Vista y además quién registro los éxitos principales de aquel disco producido artísticamente por el americano Ry Cooder.





Omara Portuondo, por su lado es la imagen viva del bolero. Escucharla es un raro privilegio. La forma en que canta y la intimidad que logra con sus fraseos, como si le estuviera murmurando al oído de cada persona la letra de “Veinte años” y “Bésame mucho”, es simplemente maravilloso. Hasta puede clavar una nota larga final, con sus 87 años, que funciona como una última estocada al corazón.



En cambio, Elíades Ochoa y Barbarito Torres tocan para los pies y recrean un ambiente musical que pone a toda la máquina sonera a punto caramelo en el son “El cuarto de Tula”. La combinación de sus estilos y su sola presencia musical de alguna manera trae al escenario la energía de aquel memorable encuentro de 1996 junto a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva, Cachaíto López, Rubén González y Guajiro Mirabal. Toda esa historia se reproduce misteriosamente cuando Elíades Ochoa y este Buena Vista Social Club modelo 2018 tocan de nuevo “Chan chan”. La gente se para, aunque no sea un tema bailable, como se para frente a un himno nacional y se transporta. La canción bandera del Buena Vista Social Club, que suena por última vez en vivo en Buenos Aires, crea una atmósfera particular. El vaivén de esa melodía, como el ciclo de olas golpeando fuerte contra el malecón de La Habana, genera un efecto distópico. El son más famoso del siglo XX es como una polaroid de esa Cuba que pendula entre pasado y futuro, entre lo que fue, es y quiere ser.
















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