China: el control social y el gobierno de los datos


Entre los primeros, el caso Huawei resulta ejemplificativo. Mientras se desarrollaba la cumbre del G20 en Buenos Aires, se procedía -por pedido de la Justicia norteamericana- a detención de la Directora Financiera y heredera de la empresa.

En aquel momento, los analistas interpretamos el evento como una advertencia para que Huawei no entrara al mercado de G5 europeo. Empero, recién cuando el Gobierno estadunidense impuso, seguido por Google, sanciones comerciales a Huawei, la historia llegó a su desenlace: en esta batalla el expansionismo oriental encontró un límite.

Sin embargo, es de destacar que, al desafiar a Google (poniendo en cortocircuito su acuerdo con Android) el corporativo asiático no sólo mostró su fortaleza en temas relacionados con la inteligencia artificial, sino que, además, instaló en la agenda comercial mundial la pregunta sobre quién controla los insumos estratégicos -las llamadas «tierras raras» – para la manufactura de productos de las industrias TIC´s.

Más aún, Huawei, demostró una rápida respuesta comercial: el 5 del corriente firmó con el gigante de las telecomunicaciones rusas MTS un convenio para el desarrollo de la red 5Gen un mercado sumamente apetecible.

Los sucesos estructurales, por otra parte, pueden ilustrarse con la Iniciativa Cinturón y Carretera (Belt and Road Initiative). Este mega emprendimiento, liderado por el Estado chino, comenzó en 2013 aunque llegó a la prensa internacional en 2016. Involucra, hasta el momento, inversiones y desarrollo de infraestructura en 65 países, traccionadas por más de 16,000 empresas que movilizan casi 900,000 mil trabajadores chinos.

Resumiendo, se trata de un vasto y lucrativo negocio para las empresas chinas; entre otros, el desarrollo de nuevos consorcios de seguridad privados para proteger a las inversiones y los ciudadanos chinos fuera de su territorio. La Iniciativa Cinturón y Carretera, que se espera concluida en el año 2049, no sólo mejorará el comercio internacional: también catapultará a China como potencia comercial global, sentando evidencia acerca de las capacidades del sistema político chino para planificar el futuro.

Ahora bien. Más allá de que las democracias occidentales se muestran impávidas frentes al poderío del gigante asiático -y sus ciudadanos no salen del estupor en que el cortoplacismo político democrático los ha encerrado- sería naïve suponer, en este escenario, que en China todo resulta ser miel sobre hojuelas. Es más. Profundizando el viejo proverbio, se podría decir qué caro es el precio de la miel, que obliga a lamerla de las espinas. Veamos.

Hace sólo un par de años, la opinión pública occidental comenzó a hablar del sistema de crédito socialchino (shehui xinyong tixi); precisamente de manera asombrosa, mas no elogiosa. Pero ¿en qué consiste? ¿Qué significa? ¿Cómo aproximarnos a este fenómeno novedoso? Presento dos aproximaciones disponibles:

  • Pesadilla orwelliana. El vicepresidente estadunidense Mike Pence denominó al sistema de crédito social como «un sistema orwelliano basado en el control de prácticamente todas las facetas de la vida humana». La prensa internacional, en pocos días, lo bautizó Black Mirror, trazando así un paralelismo entre la famosa serie de ciencia ficción británica y la realidad china.
  • Un ordenamiento del mercado para hacerlo más competitivo y eficiente. Especialmente, un mecanismo de avanzada para la modernización del mercado financiero y de crédito, regulando al último y solucionando, así, fallas de coordinación en otros mercados.

En ambas aproximaciones, lo que está en juego es la fuerza y el poder del Partido Comunista Chino (PCC) para mantener el liderazgo político y su capacidad de disciplinar moralmente a los ciudadanos. Pero también, en un nuevo contexto de mecanismos cibernéticos e inteligencia artificial, el PCC lleva la ingeniería social a un nivel más eficaz, aunque, cabe advertirlo, con efectos políticos y económicos inciertos.

La idea del gerenciamiento social (o ingeniería social) no es nueva en China. Si bien ya en 1957 estaba completamente articulada en el seno del PCC por el padre de la ingeniería cibernética china Qian Xuesen, ahora, sin embargo, el sistema de crédito social es algo más que la vieja combinación de garrotes con zanahorias.

Aunque el sistema de crédito social comenzó a pergeñarse en 2002, no fue hasta junio de 2014 que el Consejo de Estado adoptó una posición rectora al respecto. En un documento que lleva por título Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social no sólo se define al sistema de crédito social, sino que, además, se trazan objetivos prioritarios que deben estar plenamente alcanzados para el 2020.

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Así, el Consejo de Estado chino entiende al sistema de crédito social como una herramienta para lograrar una “cultura de la sinceridad” y “promoción de la honestidad”, utilizando para ello “restricciones”, como mecanismos de incentivos. La clave del sistema de crédito social está en la plabra “crédito” (xinyong) y su red semántica que lo vincula con la honestidad, sinceridad y confianza.

En este sentido, el sistema de crédito social se puede entender como una herramienta para combatir aquellas acciones que generan “falta de confianza”. Y esta forma de ver el asunto es la que más trascendió en la opinión pública internacional.

El sistema de crédito social no sólo implica premiar a las personas honestas, sinceras y confiables, sino, también, identificar a las personas no confiables. De allí, que se manejan dos clases de listas de ciudadanos: la rojas, para los que resultan confiables; y las -connotaciones aparte- listas negras, donde aparecen quienes ven mermada su confiabilidad. El espíritu del sistema de crédito social se puede sintetizar así: si usted vulnera la confianza en un lugar, recibirá sanciones por todos lados.

En ese sentido, no parece exagerado presentar al sistema del crédito social como un mecanismo orwelliano incipiente: un sistema de vigilancia y rastreo de los comportamientos ciudadanos que permite ensamblar una red de castigo conjunto.

Por ejemplo: un peatón que interrumpe el tránsito vehicular recibe, o podría recibir, simultáneamente, castigos para: inscribir a su hijo en la escuela; y en el acceso a los servicios crediticios; y en los beneficios hospitalarios, entre muchas otras formas de interacción social. Y al revés, en algunas ciudades, cuidar de personas mayores otorga puntos extra para la obtención de muchos beneficios, y hasta es posible que quien realiza actos altruistas pueda ver su rostro en las marquesinas de edificios públicos con la leyenda “ciudadano confiable”.

Sin embargo, aunque esta descripción del sistema de crédito social es de por sí impactante, resulta insuficiente. El sistema de crédito social es algo más. Es, como veremos a continuación, una ambiciosa política pública tendiente a gobernar una sociedad compleja y atravesada por múltiples conflictos.

Ocurre que China, en un contexto de profundización del sistema de mercado y de consolidación de mecanismos regulatorios, enfrenta cinco problemas centrales: 1) deficiencias en la ejecución de sentencias en el fuero civil, 2) violación a los derechos de propiedad intelectual, 3) falta de protección del medio ambiente, 4) seguridad en la cadena de suministros alimenticios, y, finalmente 5) una creciente desconfianza, deshonestidad y falta de integridad entre los vínculos comerciales, que muchas veces se traduce en situaciones de franca corrupción.

Estos problemas, a su vez, se encuadran dentro de una expansión del sistema crediticio y de la creciente utilización de sistemas virtuales de pago, obligando a mejorar los esquemas regulatorios. Así como Estados Unidos -bajo la administración de Obama- impulsó desde la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor una mayor transparencia en los puntajes FICO , China, por otra parte, emprendió grandes reformas para propender a la ampliación del sistema crediticio, mejorando los cálculos sobre riesgo y azar moral e incentivando la honestidad en los negocios.

En retrospectiva, dos políticas han sido cruciales para la puesta en marcha del sistema de crédito social. La primera, fue la eliminación del déficit de identidad personal. En 2004 China creó un sistema de identificación basado en 18 dígitos, que brinda, además de identificación ciudadana, datos sobre locación territorial, actividades profesionales y laborales, entre otros. La segunda condición clave para el sistema de crédito social es la creación, en 2006, desde el Banco del Pueblo de China, del Centro de Referencia de Crédito.

Estas políticas acompañaron el rápido crecimiento del comercio electrónico y de las plataformas de pagos virtuales durante la primera década de este siglo. Así, una sinergia positiva entre políticas públicas y desarrollo tecnológico llevó a que se crearan oficinas públicas más sofisticadas para interactuar en un mercado más amplio y exigente.

La creación de la Plataforma Nacional de Intercambio de Información de Crédito, China Crédito y el Sistema Nacional de Publicidad de información Crediticia Empresarial obedecen a la necesidad de relacionar y monitorear no sólo la actividad de los consumidores sino, también, el comportamiento de las empresas y sus directivos.

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Es decir que, si bien el sistema de crédito social constituye un sistema de vigilancia sobre los comportamientos ciudadanos, también es, por otra parte, una política pública tendiente a regular los negocios y direccionar la inversión. En todo caso, el detalle es que, en China, ambas directrices de lo que podemos denominar «trazabilidad ciudadana» están en manos de la misma organización: el buró del PCC, que maneja el Estado, interfiere los medios de comunicación, y toma decisiones en las empresas.

En definitiva, ya sea que lo veamos desde una perspectiva esperanzadora (tecnófila) o pesimista (orwelliana) -aunque en cualquiera de los casos simplista- el sistema de crédito social parece montarse en un círculo virtuoso: la promoción de la vigilancia y rastreo de los comportamientos ciudadanos incentiva el desarrollo de nuevas tecnologías que facilitan el mejoramiento de mecanismos de coordinación de mercado, que a su vez generan incentivos para mejorar los sistemas de vigilancia, que a su vez… y la sinergia se expande.

Sin embargo, si analizamos el sistema de crédito social como una política pública que lleva casi dos décadas de desarrollo observamos tres asuntos bien concretos: 1) tensiones, intereses y ritmos diferentes entre las agencias gubernamentales y el PCC; 2) unos lineamientos centralizados, pero con puestas en práctica locales, que marcan diferentes resultados y trayectorias de consolidación; y 3) un alto grado de autoaprendizaje para ajustar el diseño de la política.

El sistema de crédito social está lejos de poder considerarse una política consolidada, pues tiene grandes desafíos en el futuro. Uno de ellos es la unificación de criterios para el tratamiento de las listas negras. Al respecto, le queda por delante establecer, de cara a los ciudadanos, cuáles deben ser las conductas apropiadas para salir de dichas listas, una vez habiendo ingresado en ellas.

Esto implica, claro está, mejorar los procesos burocráticos para resolver los casos de falsos positivos (la inclusión errónea en las listas negras); cuestión nada despreciable si se toma en cuenta que, en China, el Partido Comunista está por encima de la ley.

Si bien es cierto que hay que ver cómo responde el clima de negocios a esta nueva ingeniería social, los desafíos de corto plazo del sistema de crédito social están centrados en la recolección de los datos, su confiabilidad, procesamiento y resguardo.

El sistema de crédito social representa un prolegómeno a lo que se está cocinando lentamente en el mundo: un gobierno sobre los datos. Rastrear y recolectar datos de calidad no es tarea sencilla. En esta actividad se juegan los engranajes y el lubricante de la infraestructura más valiosa de este siglo. Y aunque China parece embarcada de lleno en la faena, siempre es menester recordar la sentencia del filósofo griego Bión: “no se puede atraer con anzuelo al queso blando”. El futuro está por verse.

(*) CONICET-UNVM



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