Buen timing para la boda real: las monarquías recuperan defensores en tiempos de volatilidad política












Un estudio de la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania argumenta que están lejos de ser un sistema agonizante Fuente: AP



PARÍS.– Un reciente estudio universitario realizado en Estados Unidos asegura que el “rendimiento” político de las monarquías es superior al de otras formas de gobierno. La investigación de la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania argumenta que están lejos de ser un sistema agonizante, “garantizan una estabilidad que suele traducirse en beneficios económicos” y son mejores a la hora de proteger el derecho de propiedad privada y servir de contralor del poder de los funcionarios electos.





¿Verdad? ¿Fantasía? La realidad es que, por regla general, los defensores de la monarquía como sistema de gobierno suelen ser aquellos que viven en democracias republicanas, los nostálgicos o los miembros y allegados a alguna casa real.

El estudio se publicó días antes de la


boda entre el príncipe Harry de Gran Bretaña
, sexto en la línea de sucesión del trono y la actriz Meghan Markle, el sábado próximo. Hoy en Gran Bretaña,
el 68% está convencido de que la monarquía es “buena” para el país, mientras los republicanos no superan el 17%.



Nikolai Tolstoy, autor y político conservador de doble ciudadanía rusa y británica que lidera la Liga Monárquica Internacional e integra una amplia confederación de realistas que se extiende por todo el mundo, incluido Estados Unidos, es un firme defensor de la monarquía.





“La mayoría de la gente piensa que la monarquía es simplemente decorativa, con sus oropeles y personalidades. Pero eso es porque no aprecian las importantes razones ideológicas que sustentan la idea de una realeza”, asegura. Los países con monarquías funcionan mejor, a su juicio, porque las familias reales sirven de fuerza unificadora y de potente símbolo. Las monarquías -repite- se yerguen por encima de la política.




El rey Felipe de Bélgica y la reina Matilda
El rey Felipe de Bélgica y la reina Matilda Fuente: Archivo

Y quizás sea justamente en esa razón que reside su popularidad: en que los monarcas occidentales no gobiernan. En consecuencia, no están expuestos al desgaste del ejercicio del poder.



“Pero sí lo están sus respectivos gobiernos en todas esas monarquías constitucionales. En otras palabras, si los responsables de las casas reales europeas tuvieran ellos mismos la responsabilidad de gobernar, estarían sometidos a la misma erosión de popularidad y a las mismas críticas”, señala el politólogo francés Pierre Cayrol.


Reyes sin poder

En Europa ese es el caso en Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia, Holanda, Noruega, España, Luxemburgo y Liechtenstein. En cada una de esas democracias, los reyes son jefes de Estado sin prácticamente ningún poder, mientras que la decisión política está en manos de un parlamento y un primer ministro.



Contados son los casos en Occidente donde los monarcas tienen algunas atribuciones específicas. Uno de ellos es Mónaco, donde el príncipe Alberto II nombra a su primer ministro a partir de una lista propuesta por los legisladores.




El príncipe Alberto II de Mónaco tiene más poder que otros príncipes europeos
El príncipe Alberto II de Mónaco tiene más poder que otros príncipes europeos Fuente: Archivo

En todo caso, el debate parece no tener fin. Desde la Revolución Francesa, los pueblos europeos súbditos de monarquías siguen discutiendo si vale la pena conservar una institución anacrónica, que cuesta fortunas al contribuyente, solo por una cuestión de cohesión social. Argumento que, además, aún no ha sido probado mediante ningún dato científico.

Sobre la cuestión hay, en verdad, tres posiciones. “Los republicanos a ultranza, hostiles a la sola idea de que un individuo o una familia pueda gozar del privilegio exuberante de ser mantenido y reverenciado por el resto de sus congéneres. Los segundos son los fanáticos monárquicos. Y luego -como siempre sucede en cuestiones de orden social- una enorme mayoría que carecen de opinión, excepto cuando se trata del aspecto financiero.




La reina Sonja y el rey Harald (der.) de Noruega, durante las celebraciones del día nacional hoy
La reina Sonja y el rey Harald (der.) de Noruega, durante las celebraciones del día nacional hoy Fuente: AFP

Pero esa tercera posición varía sensiblemente en cada país. Después de un período negro, que comenzó con la muerte de la princesa Diana en 1998, la monarquía británica logró recuperar la simpatía de sus súbditos gracias a una política inteligente de evolución de su imagen y una sutil publicidad en torno de los costos que la casa real representa para los contribuyentes. Según ese argumento, si bien cada británico debe pagar cerca de un euro por año al Estado para mantener a la reina Isabel II y a sus hijos, la corona británica “devuelve” con creces esos gastos: con sus actividades asociativas, sus bodas espectaculares y sus princesas que parecen salidas de la revista Vogue, los Windsor hacen entrar más de 2.000 millones de euros anuales a las cajas del Estado. Sobre todo promoviendo el turismo y la actividad comercial.


Las críticas a la casa Real de Orange

Hoy, más del 70% de los británicos apoyan a la monarquía. Ese no parece ser el caso en Holanda, país cuyos habitantes son extremadamente puntillosos en cuanto al respeto del gasto público. Hace pocas semanas, un informe preparado durante dos años por la asociación más importante de republicanos, causó conmoción al acusar al rey Guillermo y su esposa, la reina Máxima,
de “mentir” en cuanto al verdadero costo de la casa real de Orange.




La reina Máxima y Guillermo celebraron el 30 de abril sus cinco años en el trono de Holanda junto a sus hijas
La reina Máxima y Guillermo celebraron el 30 de abril sus cinco años en el trono de Holanda junto a sus hijas Crédito: ERWIN OLAF / Casa Real

Republikeins Genootschap afirma que el presupuesto oficial atribuido a la Casa Real es de 60 millones de euros anuales, pero que la cifra verdadera asciende a 350 millones de euros, lo que significa casi un millón de dólares por día.

“El principal ocultamiento reprochado a la familia de Orange-Nassau es que prácticamente no paga impuestos”, precisó un artículo del diario Netherlands Times.

Según la organización republicana, cada vez más holandeses se preguntan para qué necesitan mantener un rey que, “para distraerse, ha decidido volar de incógnito como piloto de nuestra compañía comercial (KLM)”.

Nada es, por supuesto, menos seguro. Prueba de ello es el enorme fervor que continúa despertando en los holandeses el festejo anual de su cumpleaños, tradicionalmente conocido como “el Día del Rey”.

En medio de esa cacofonía, hay algo en todo caso que los estudios sí demuestran: que las monarquías son mucho más admiradas por gente que vive en regímenes de gobierno completamente diferentes.

El mejor ejemplo es Estados Unidos donde la fascinación por la casa real británica es cada vez mayor. En ese país, donde el deslumbramiento por el vestuario de la duquesa de Cambridge y su actividad caritativa no pone en peligro el sistema político nacional, la reina Isabel II apareció por primera vez en la tapa de la revista Time a los 3 años de edad, en 1929.

La diferencia es que, para los norteamericanos -como para los latinoamericanos- seguir día a día a los miembros de las monarquías carece de la complicación política o el costo que significa para un súbdito.

“Muchos ven a los miembros de una casa real como un cuento de hadas. Otros como una interminable telenovela”, dice Stéphane Bern, especialista de las casas reales europeas. “Pero, para la mayoría, en una cultura obsesionada por la celebridad como la actual, las historias de príncipes y princesas representan la vida soñada a la que nunca accederán”.














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