Abuso de poder en el trabajo, hacia una nueva conciencia















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El impacto masivo que tuvo la denuncia de Thelma Fardin trajo como consecuencia una nueva sensibilidad y una nueva lucidez para percibir comportamientos que durante mucho tiempo estuvieron naturalizados y fueron tolerados en nuestra cultura. El tema se volvió excluyente en todos lados, y el ámbito laboral no fue la excepción. En todas las conversaciones de coaching que mantuve en estos días con hombres y mujeres, en mi estudio y en empresas, hubo una reflexión en torno del abuso, no solamente vinculadas a lo sexual sino también a las diversas formas de agresión, maltrato y abuso de poder que se dan en los lugares de trabajo.






























¿Qué está pasando en las organizaciones?

La denuncia de Thelma Fardin fue la gota que colmó el vaso en un sociedad saturada por la desigualdad, las asimetrías de poder, la injusticia y la impunidad en cuestiones de violencia de género. Mujeres que quizás callaron durante años empezaron a sacar a la luz las situaciones de abuso por las que tuvieron que pasar. Por primera vez se lo contaron a sus amigos, a sus familias, lo hicieron público. Se sintieron amparadas por otras mujeres, que les creyeron, las apoyaron y les hicieron sentir que no estaban solas. Es el fin del silencio, y no hay retorno. Es asombroso lo que está pasando.


Un efecto colateral beneficioso de este fenómeno es la apertura de la mirada y la escucha dentro de las organizaciones. Se está produciendo un despertar de conciencia que visibiliza y condena las conductas abusivas. Esto incluye gestos cotidianos potencialmente abusivos, que siempre estuvieron mal y que hasta ahora habían sido tolerados, naturalizados y minimizados en el ámbito laboral. Por ejemplo, el “derecho” de los hombres a opinar sobre el cuerpo, el aspecto o la ropa de las mujeres, aunque lo digan con intención de halagar. Los hombres hoy empiezan a entender que para la mujer puede ser incómodo, invasivo o agresivo, y que la sensibilidad del contexto ya no avala este tipo de comentarios, como tampoco los gestos groseros o los chistes machistas.















Como todo proceso de cambio de cultura, al principio se suele caer en extremos y malentendidos. Puede ser difícil distinguir los matices, y corremos el riesgo de poner todo en una misma bolsa, de confundir justos con pecadores y de juzgar o demonizar a alguien demasiado rápido. Este efecto colateral indeseado, aunque inevitable, de la transición y del camino de aprendizaje, está produciendo mucha confusión y temor en los hombres.















“Ya no sé qué está bien y qué está mal. Hoy es peligroso decirle a una mujer que tiene rico perfume, darle un abrazo el día de su cumpleaños o palmearle el hombro para felicitarla, porque quizás lo interpreta como acoso sexual”, dice un Project Manager de una empresa tecnológica. “Hasta me da miedo llamarle la atención a una compañera o a una mujer que reporte a mí sobre cuestiones estrictamente laborales. Aunque se lo diga con las mismas palabras y el mismo tono con que se lo diría a un hombre, me da pánico mandarme una macana. Me cuido mucho con el tono y las palabras que uso, porque hoy un chat que escribiste un día que estabas enojado puede ser evidencia de maltrato o discriminación de género. Siento que ya no puedo ser espontáneo”.

A pesar de los errores, es para celebrar que estas situaciones sean materia de reflexión. Que los hombres registren que lo que hacen y dicen, y cómo lo dicen, afecta a las mujeres, y empiecen a cuidarse. Ya sea por convicción, por empatía o por temor a descarrilar en su carrera, está bueno que estén tomando conciencia.









Desnaturalizar las situaciones de abuso de poder

La nueva sensibilidad está generando una nueva conciencia en el lugar de trabajo que trasciende la cuestión del abuso sexual para enfocarse en el trato entre las personas y las dinámicas del poder en general.








“Llegó la hora de reeducarnos”, dice Mariano (45), gerente comercial de una compañía naviera. “Mi generación se crio pensando que era lo normal que tu jefe te hablara con un tono elevado, que no te tratara con amabilidad, y nosotros copiamos ese modelo. En este tiempo, empiezo a darme cuenta de que mis maneras pueden ser intimidantes y tomadas como agresivas. Por un lado, no es justo para las personas que trabajan conmigo. Por otro, me pone en una situación de riesgo, porque en la empresa se abrió una línea de denuncias y no quiero quedar escrachado”.

Cada día hay oídos más abiertos, más gente atenta a posibles situaciones de abuso y discriminación. Las personas del entorno del “maltratador”, que antes por costumbre, por estar interiorizado en la cultura o por temor a las represalias se abstenían de intervenir y eran cómplices de la situación con su silencio, hoy ya no callan. Toman como propio lo que antes creían que no era asunto suyo, y están dispuestos a respaldar a las víctimas con su testimonio.








En las organizaciones se instrumentan líneas de transparencia que hacen menos penosas las denuncias de maltrato, acoso laboral o abuso de poder, y se actúa con mayor eficacia para proteger a los trabajadores y evitar daños a la imagen corporativa. Y si hasta hace unas semanas el área de Recursos Humanos o los conductores de una empresa podían considerar una cuestión menor que uno de sus líderes maltratara a su gente, y no veía la urgencia de exigirle que cambie, hoy ya no puede hacer la vista gorda y no duda de la conveniencia de desvincular a alguien con estas características.


Una nueva sensibilidad

En diciembre, para muchos, una última gota rebalsó el vaso de lo que hasta ahora fuimos capaces de tolerar. Tomamos nota de que hay ciertas cosas que ya no van más. En buena hora nos vamos acercando a la masa crítica de personas que decimos ¡Basta! Basta a los abusos, basta al “no te metas”, basta a la indiferencia, basta a la impunidad. Mirá como nos ponemos también es mirá cómo nos animamos a hablar, mirá cómo nos tratamos, cómo nos registramos el uno al otro, cómo nos relacionamos y nos cuidamos.

Empezamos a registrarnos a nosotros mismos y cuidar cómo nos relacionamos con los demás. Empezamos a registrar al otro como otro, y a darnos cuenta de cómo puede afectarle lo que hacemos, lo que decimos y cómo lo decimos.

Es un camino de aprendizaje para todos. Hay mucho que desaprender y mucho que aprender. Habrá que tener paciencia.

Es mi deseo, para este año que se estrena, que se profundice esta vía. Que todos tengamos la posibilidad de manifestarnos y nos sintamos protegidos y con derecho para hacerlo. Y que entre todos vayamos cambiando la conciencia para crear una cultura que ayude a prevenir, detectar y sancionar con repercusiones reales cualquier tipo de conducta que afecte a la dignidad de las personas.

















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